Un buen whisky empieza a disfrutarse con la vista, su color revelará cualidades referentes a su estampa de fábrica y elaboración, como el tiempo de añejamiento o el tipo de barrica.
Antes de empezar hay que elegir un recipiente que nos permita apreciar toda la riqueza del whisky. La opción ideal es una copa de balón, capaz de proyectar los encantos del whisky conservando su naturaleza durante todo el ritual.
1. Al destapar la botella. El sonido sugerente del tapón da paso a la inclinación de la botella, que gorgoteando, deja caer su elixir.
Para conseguir que los aromas del fondo suban hasta la superficie es recomendable girar la copa al trasluz y balancearla suavemente permitiendo que el suave oleaje del líquido bañe las finas paredes de cristal.
2. Cubrir la copa con la mano será otro de los pasos. El aire, al entrar en contacto con el whisky, puede alterar el delicado flujo de aromas. Por ello es aconsejable tapar la copa con la mano antes de entrar en juego el sentido del olfato, capaz de estimar todas sus cualidades.
3. Llega el momento tan esperado, el primer sorbo. Este punto del ritual nos permite profundizar en la complejidad de aromas y sabores sintiendo su rastro en el paladar.
4. Un receso, llega la eterna duda de la conveniencia del agua y el hielo. Los expertos aseguran que una pequeña porción de agua o hielo (hasta un 50%) hace que el whisky se abra, desentrañando los misterios de su forja y dejando ver sus matices ocultos.
5. Beber un buen whisky es beber espacio y tiempo. En su paciente espera en barricas, el whisky respira impregnándose de clima de la región durante años, capturando el misterio de la destilería, su historia y tradición.